RÍO GRANDE: LA JAULA DE LOS ONAS”, UNA NOVELA QUE NOS INTERPELA

La nueva novela de Carlos Gamerro será presentada en Río Grande en el marco del centenario de la ciudad, el día viernes 30 de julio a las 19 horas en la casa de la cultura donde se presentará la novela del autor, mientras que el sábado 31 a las 17 horas estará llevando a cabo un taller sobre cómo ficcionar la historia argentina en el auditorio de cine del museo Virginia Choquintel. El escritor, previo a la presentación del libro, habló con este medio sobre su obra.

La Jaula de los Onas, publicada por la editorial Alfaguara, es una novela que abarca muchas historias que se unen en un punto en común: Kalapakte. Éste, es un joven selk´nam que es arrastrado de su tierra natal por un marino y mercader belga-francés para, junto a 10 onas más, ser exhibidos como caníbales patagónicos en la gran exposición universal de París; con motivo de la inauguración de la Torre Eiffel. Con ello, se pretendía demostrar el progreso del ser humano. Mientras la civilización europea se vanagloriaba del comienzo de la nueva era con ese monumento arquitectónico, la barbarie era caracterizada por nuestros pueblos originarios, exhibidos como animales en un zoológico, apresados en una gran jaula.

Con un tinte narrativo original, Carlos Gamerro, construye esta historia jugando refractariamente con los conceptos civilización y barbarie. A medida que transcurre la historia podemos interpretar que, quizá el término civilización, se encuentra más ajustado a la vida de los selk´nam y la palabra barbarie calza en el molde justo para describir el gran progreso europeo donde la falta de empatía, esclavizacion y muerte abundaban.

Para los fueguinos leer esta novela no es solo una manera de reconocer a nuestro pueblo originario y denunciar el exterminio ocasionado por el hombre blanco, sino también la posibilidad de trasladarnos a lugares que hacen a nuestro quehacer diario: Río Grande, El Páramo, La Misión Salesiana, Estancia Viamonte, Estancia Harberton, el canal de Beagle, el Presidio de Ushuaia, el Lago Fagnano, entre otros lugares se hacen presentes en cada momento.
Carlos Gamerro, el escritor de esta novela, fue invitado por el municipio de Río Grande para presentar su obra con motivo del centenario y tuvo la deferencia de responderle algunas preguntas a este medio.

Carlos, ¿cómo nació la idea de escribir la novela sobre nuestros pueblos originarios?

Fue a mis tempranos veinte años que me topé con la historia de los once selk’nam secuestrados en Tierra del Fuego por el aventurero Maurice Maître y exhibidos en una jaula en la Exposición Universal de París en La Patagonia trágica de José María Borrero. Según el autor, los enjaulados selk’nam fueron descubiertos por el padre salesiano José María Beauvoir, que visitaba la Exposición y alertó a las autoridades consulares chilenas, que rápidamente tomaron cartas en el asunto. Ante la amenaza de sanciones el “protervo traficante de carne humana” (Borrero tenía cierta debilidad por la tremebunda retórica ácrata) habría decidido hacerse humo, no sin antes abrir la puerta de la jaula y dejar escapar a los selk’nam cautivos, que se dispersaron por el predio de la feria. Todos fueron hallados, y eventualmente devueltos a su tierra, menos uno, llamado ‘Calafate’, que habría vagado por “Francia, Inglaterra y otros países” hasta regresar a Tierra del Fuego por sus propios medios. Una vez comenzada la investigación propiamente dicha descubrí que el padre Beauvoir nunca visitó la exposición, que los desdichados selk’nam fueron exhibidos también en Londres, luego en Bruselas; que fueron misioneros, pero los anglicanos de la South American Missionary Society, quienes los descubrieron en Londres e hicieron la denuncia ante las autoridades, que ‘Calafate’ (versión castellanizada de su verdadero nombre, Kalapakte) había decidido quedarse, y fue descubierto, sí, por el padre Beauvoir, pero a bordo de un barco que hacía la carrera Montevideo-Punta Arenas. Pero todo esto lo fui averiguando unos treinta años después, y para ese entonces la peculiar odisea de Kalapakte se había apoderado de mi imaginación, expandiéndose en el espacio y el tiempo hasta abarcar un par de décadas y varios continentes. Recién pude empezar a escribir su historia cuando me di cuenta de que la pregunta clave no era tanto cómo había hecho para volver, sino cómo había podido descubrir adónde debía dirigirse: los selk’nam no habían tenido hasta ese momento ningún contacto con la cultura blanca, no hablaban ninguna lengua europea, ningún europeo hablaba la suya: el nombre de Tierra del Fuego le sería desconocido, no sabría señalarla en un mapa; era incapaz de decir, en la lengua de los blancos, quién era y qué era. La novela sigue la historia de cada uno de los selk’nam abducidos: los que murieron en el viaje de ida, los que murieron en Europa, los que murieron en el viaje de vuelta y los cuatro, o cinco si contamos a Kalapakte, que lograron volver a su tierra.

¿Viajaste a Río Grande para darle mayor verosimilitud a la novela? ¿Qué lugares de nuestra ciudad te sorprendieron o impactaron más?

Sí, visité su ciudad en 2017, en un viaje que incluyó a Punta Arenas, varios lugares del lado chileno de la isla, como Porvenir, luego El Páramo y Tolhuin, en uno de los tres viajes que realicé a la isla mientras escribía la novela (los otros dos se concentraron en la zona de Ushuaia y Harberton). En Río Grande y alrededores visité la estancia María Behety, donde tiene lugar uno de los episodios de la novela (el encuentro del ficcional sacerdote salesiano Andrea Forcina con el tristemente célebre “Chancho Colorado”, que en mi novela, siguiendo a Lucas Bridges, se llama McInch (en lugar de Alexander MacLennan, como sabemos)). Las visitas más importantes fueron la de la misión de La Candelaria, que es una de las locaciones fundamentales de la novela, y la zona de cabo Domingo, y estancia Viamonte, donde fui recibido y agasajado por Cristina Ayerza y Adrián Goodall, que aun sin conocerme me abrieron las puertas de su casa y recibieron con gran amabilidad. El puesto misionero de Río Fuego, establecido con el aval de Lucas Bridges dentro de la estancia, fue dirigido por el padre Juan Zenone, en mi opinión el sacerdote salesiano que mejor entendió a los selk’nam y su cultura, y el que con mayor humildad comprendió los errores que habían cometido en su misión evangelizadora e hizo lo posible por remediarlos, y por eso fue para mí muy importante conocer el lugar: junto con Harberton fueron los dos polos donde trató de escribirse una historia distinta.

¿Qué sentís, luego de haber concluido la novela, cuando volvés a Río Grande?

Intriga y expectativa, sobre todo: viví imaginativamente y emotivamente en Tierra del Fuego durante los cinco años que me llevó escribir esta historia, y me pregunto cómo la recibirán quienes vivieron también físicamente en ella toda o buena parte de sus vidas.

Si tuvieras que medir en un porcentaje estimativo los hechos verdaderos y los novelados, ¿qué porcentual representaría cada uno de ellos?

No sé si importa tanto la proporción cuantitativa. Sí puedo decir que la novela respeta los hechos, y los personajes históricos que aparecen con nombre propio, y esto incluye a los personajes selk’nam: en los capítulos que transcurren en su mundo estos aparecen con sus nombres y cada uno se comporta según lo que cuentan quienes los conocieron: Lucas Bridges, Martin Gusinde, Anne Chapman y Oscar Domingo Gutiérrez: así, por sus páginas desfilan Halimink, Kankoat, Puppup, Aneki, Tenenesk, Leluwachin, Talimeoat, Kaichin, Segundo Arteaga, Federico Echeuline, Luis Garibaldi Honte y muchos más. En general, en mi novela respeté los hechos históricos conocidos, y recurrí a la ficción para ‘rellenar’ los huecos de la historia, pero siempre respetando la lógica de lo que sabemos sobre los hechos y los personajes históricos.

La idea de jugar con distintos estilos narrativos al momento de construir la obra, ¿tiene que ver con el hecho concreto en cómo el continente europeo y americano se fueron mezclando?                                                                                        La variedad estilística de la novela surge, paradójicamente, de una seria limitación que tengo: soy incapaz de entrar imaginativamente en una época o cultura distintas de la nuestra si no es a través de sus géneros literarios o discursivos característicos. Entonces, para los capítulos parisinos recurrí, además de a los diarios, cartas y ficciones de los viajeros latinoamericanos, a las novelas de Balzac, Dumas y Zola; para los viajes por mar, a Conrad y a Melville; la Buenos Aires de principios de siglo, la Babilonia de los hermanos Discépolo, sólo podía ser aprehendida mediante el teatro de la época: el circo criollo, el sainete y el grotesco; para las misiones salesianas, concebidas como recurrí a las fuentes directas: los diarios de la misión de La Candelaria, las cartas, las anotaciones de puño y letra de los misioneros, que pude consultar en los archivos de Buenos Aires, Ushuaia y Punta Arenas. Es una novela sobre el contacto entre mundos muy diversos, y también mundos alejados pero análogos: la cultura selk’nam era muy distinta de la parisina, pero tenía muchos puntos de contacto con la de los inuit (esquimales) de Groenlandia, y también fue parecida la manera en que los trataron los blancos: también los inuit fueron exhibidos en exposiciones y museos, y se traficó con sus restos. La diversidad de estilos de la novela es una manera de poner en relieve esta diversidad de mundos y culturas. No quería una voz narrativa que los unificara: la novela tiene muchos narradores y muchos estilos, me pareció que era bueno que esta diversidad se mantuviera irreductible.

En nuestra provincia se tiene muy presente la historia de Jemmy Button y Fuegia Basket, dos de los cuatros yámanas que fueron secuestrados por Fitz Roy con la intención de llevarlos a Europa para ser civilizados. Sin embargo, esta historia de los selk’nam no se encuentra tan presente como aquella otra a pesar que es más reciente en el tiempo como también mucho más impactante, por eso el agradecimiento en desempolvar este hecho, pero ¿podés intuir a qué se debe la mayor trascendencia de una y otra historia?

Sí, al menos en Buenos Aires me pasaba que cada vez que empezaba a contar de qué iba La jaula de los onas la respuesta era, ‘Ah sí, esos indios que Darwin se llevó a Inglaterra’ (aunque Darwin solo compartió con ellos el viaje de vuelta). Aquí en la Patagonia, en cambio, y también en Chile, la historia de los selk’nam exhibidos en París era, descubrí, un poco mejor conocida. Una de las razones, creo, se debe al prestigio del propio Darwin, y al hecho de que figure en El viaje del Beagle. Pero la historia de Kalapakte y su familia es igualmente fascinante y merece ser mejor conocida: espero que mi novela ayude a difundirla. Desde una óptica más general, creo que la figura del indio ha sido demonizada, luego ignorada, en nuestra literatura y nuestra cultura: de todos los países de Latinoamérica creo que somos el que menos reconoce las bases indígenas de nuestra cultura, y a nuestros actuales pueblos originarios (esto varía según las regiones, sin duda; aquí en la Patagonia, al igual que en el Noroeste y la Mesopotamia, hay mayor reconocimiento y respeto de estos.

¿Puede surgir algún otro material de inspiración en relación a los selk´nam?

Bien puede ser. La ceremonia del hain, el centro alrededor del cual giraba la cultura selk’nam, es una de las manifestaciones más importantes de la cultura del cono sur, y del mundo indígena de América: para mí, entenderla, admirarla y amarla, y tratar de transmitir toda su riqueza, de ponerla en palabras, fue el mayor desafío de todos los que encaré en esta novela. Creo que ahora le dejaré la posta a otros: los autores locales, argentinos y chilenos, tanto los actuales como los futuros, podrán incluso llegar más lejos.

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